“Yo no he venido a hablar de mi libro; he venido a decir que otra forma de enseñar y de aprender es posible.” Así comenzó José M.ª Pérez, Peridis, su intervención en la presentación de su novela El tesoro del Convento Caído que tuvo lugar en el Ateneo de Santander.
Esa frase lo dice todo del maestro Peridis: el propósito antes que el ego. El impacto antes que el protagonismo.
No todos los días se tiene delante a alguien que ha vivido —y sigue viviendo— con un propósito tan claro. Arquitecto, viñetista, divulgador cultural, creador de las Escuelas Taller y de las Lanzaderas de Empleo, referente en innovación social; Peridis encarna lo que significa ser un verdadero agente de cambio social. Y a sus más de 80 años sigue tan comprometido como siempre: no pierde ocasión de hablar de integración a través de la formación y de la creatividad para encontrar soluciones nuevas a los problemas del presente, tan distintos a los del pasado.
A lo largo de su trayectoria él ha sabido mirar con sensibilidad a las personas que, en cada momento, estaban en mayor riesgo de exclusión social: primero los jóvenes sin formación; después, los adultos cualificados pero descabalgados del mercado de trabajo. Y fue dando respuestas innovadoras a cada realidad: primero las Escuelas Taller, después las Lanzaderas de Empleo.
Mientras le escuchaba, no pude evitar preguntarme cómo definiría con su avezado criterio el desafío social que ya comienza a intuirse para los años venideros y cómo sería la respuesta innovadora que él se inventaría ante los nuevos problemas sociolaborales del siglo XXI. Me vinieron a la cabeza esos conceptos nuevos, que enseguida se quedan viejos por la velocidad de los cambios, como la clase obsoleta, de Niño Becerra, o la clase inútil de Yuval Noah Harari, o el precariado de Guy Standing…; pensé en esas directrices que nos van lanzando las instituciones públicas para que nos vayamos preparando para un futuro escaso de empleos (¡carácter emprendedor, resiliencia, adaptación!) y que a mí me suenan un poco como “¡arrepentíos, que el final está cerca!”.
Durante la presentación también habló de la actitud que le ha conducido siempre a la innovación: “detenerse donde otros se han apresurado” y de la fuerza del ejemplo de quien lidera con “valores, palabras y acciones alineadas”, necesaria para aglutinar apoyos incondicionales que impulsen los proyectos.
Me sorprende siempre que lo escucho cuánto puede lograr una sola persona cuya férrea determinación es capaz de movilizar a otros que, incondicionales, le siguen durante décadas. ¡Qué ejemplo de autenticidad, de verdadera escucha de las necesidades y de sentido común en el diseño de las soluciones!
Una y otra vez, nos invitó a mirar las cosas de otra manera, porque otra mirada siempre es posible. Pero lo que más me resonó fue cuando su afirmación de que la generación del cambio no depende solo de la mirada técnica o experta, sino también del corazón:
“No es solo la mirada, también el corazón.”
Efectivamente, la mirada del arquitecto no fue suficiente para conectar la recuperación del Patrimonio Nacional a la recuperación de los jóvenes en riesgo de exclusión para la sociedad, eso fue obra de su corazón, de ese impulso compasivo hacia el otro que, suele contar, experimentó ya de niño.
Esa expresión me conectó con lo que inspira mi trabajo y con mi convicción profunda sobre el valor del propósito vital: la idea de que no es solo qué hacemos, sino cómo y para qué. Todos podemos saber hacer lo mismo, pero lo que nos diferencia —como profesionales y como personas— es la intención, la coherencia y el compromiso que ponemos en ello.
Salí de aquella presentación con una convicción renovada y un agradecimiento inmenso a alguien que, con ese método perseverante que él mismo describe como “a lo tonto, a lo tonto”, ha brindado —y sigue brindando— esperanza y oportunidades laborales a miles de personas. Yo incluida.
